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Por Alberto Pelairea

 

La Voz de Fitero, 1912

¡Cuánto al humano esfuerzo costaría  

elevar tus magníficos altares!

Manejar tus titánicos sillares,

¡qué largo, qué imposible no sería!

 

¡Cuánto noble sudor no vertiría

quien labró de tus piedras los millares!

¡Cuánta fuerza no esconden tus pilares,

muros, arcadas, coro y gradería!

 

Pero ahí estás grandiosa, siempre santa,

siempre firme, intangible, siempre enhiesta,

al rozar por tus muros las edades;

 

Que aquello que hacia Dios la fe levanta,

si años y siglos elevarlo cuesta,

sólo hundirlo podrán eternidades.

 

 

¿A DÓNDE VAMOS LOS DE FITERO?   Por Alberto Pelairea

 

Se puede decir al punto,

en tres docenas de versos,

a dónde debemos irnos

las personas de Fitero.

Los aguadores, al Cubo;

a los Blancares, los negros;

los tramposos, al Paguillo;

al Carril, los frioleros;

a la Fuente de la Salud,

todos los que están enfermos;

los novios, a Solosoto;

al Callejón, los toreros;

los sosos, a la Salmuera;

a la Mina, los mineros;

a la Fuente del Obispo,

los que son algo del clero;

 

a los Cerraos, los tacaños;

al Castillo, los guerreros;

a la gran Sacristanía,

el "Poba" y sus compañeros;

a la Picota, los malos;

al Guache, los que son puercos;

los "Ranas", a los Charquillos;

a los Plantaos, los esbeltos;

a la Morería, quintos

de los del actual sorteo;

a la Nevera, los músicos,

que están una miaja ardiendo;

al Vinagre, muchas chicas

que se lo beben sin miedo;

 

a la Presa, a terminarla,

cualquier día todo el pueblo;

a la Fuente el Capitán,

el que reclame algún censo;

a la Abejera, los zánganos;

a los Mojones, los secos;

a Horcajadas, los jinetes;

a Santa Lucía, ciegos;

a la Madera, "Mil hombres";

a las Roscas, los hambrientos;

a San Sebastián, los Reyes;

al Cogotillo, los "piejos";

y yo a la Plaza los Arboles,

a por sombra, que no tengo.

 

Fitero Mercantil, 1915

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Víctor Manuel Arbeloa  (Revista fitero98)

MAÑANA DE FIESTAS EN FITERO

El primer día de Fiestas casi siempre luce el sol, la gente estrena ropa, ha dormido poco y suele ir a misa mayor.

Así hoy en Fitero.

Desde el nuevo Ayuntamiento, bien montado en lo que fue cilla del Monasterio, salimos tras la banda y la bandera municipal, hacia la inmensa iglesia gótica, en la que embarcamos, ya lo dije otra vez, rumbo a una larga historia.

Todo lleno. Este viajero impenitente ya contó un día cómo le entró en el alma este templo cisterciese y qué mal lo encontró de techos y de adobos. Ahora está un poco mejor, pero siempre se termina el dinero del presupuesto antes del año presupuestario. Los de Fitero lo sufren como una obsesión. Hacen bien tras tantos años de abandono. Hasta el cura, en una homilía cálida y breve – como debe ser – entra en el tema.

- Veo que se sonríe el señor parlamentario.

Me sonrío porque no veo al señor Comisario de la cosa, en Bruselas, informando del recio presupuesto de Navarra, dando un duro, al menos por ahora. Hay sitios mucho más pobres con cosas mucho más urgentes ya lo creo, y bien que lo siento, yo que ando con ello hace varios años.

Cantan con brío desde el coro alto la Misa de Perosi, que a mí me emociona mucho porque la cantábamos también en mi pueblo el primer día de Fiestas, y luego hay flores, incienso, lecturas de textos bellísimos, silencio y plegarias, la estatua de San Raimundo, el patrono, y la Virgen de la Barda, con la barda cortada para ella, pero sin espinas, cosa que el diccionario no entiende. Tiene la Virgen la cara como enternecida y adolescente, de tanto mimo y de tanta devoción.

Subimos por la calle en procesión, con un cirio en la mano, que pronto se apaga con el airecillo que viene de Yerga. Las casas inmediatas al Monasterio, y las casas de la calle Mayor, menos antiguas y un poco más altas, y las más recientes, de ladrillo y varios vuelos, están adornadas con banderas españolas, recamados, sobrecamas y otros vistosos paños que es maravilla. Sale, literalmente, la casa por la ventana, que para eso es la fiesta.

Toca fuerte la banda y no podemos hablar. Mejor así. Un médico que fue del pueblo, retirado ya, va delante de nosotros haciendo señas a diestro y siniestro, a las gentes que están en las aceras y a las que están en las ventanas y balcones. Todas le devuelven cariñosamente el saludo. Es el tercer santo de la procesión.

Ojos de sueño. Algunas personas sueltas, en los bares y en los veladores. Algunos perdidos todavía en las mareas largas de la amanecida.

En la sacristía monacal todos nos sentimos pequeños e importantes a la vez.

Vamos al Ayuntamiento a tomar el aperitivo. No es cosa de olvidar que el vino local tuvo este año un tercer premio muy valorado en la competición de Olite.

- El año que viene, a por el primero.

- A ver.

Las gentes de Fitero, venidas de muchas partes hasta este "fito" o hito que antes dividía tres viejos Reinos, son por eso mismo hospitalarias y generosas como pocas, tienen un alma transfronteriza y, en lo que de ellos depende, universal. El alcalde hace, sin quererlo, de padre abad laico, que no laicista, y municipal, que no espeso. Su anillo es la vara, y sus "freyres" – hermanos, al fin y al cabo – lo han elegido tres veces seguidas.

- No, a la comida no me quedo.

Está el regadío más verde que nunca. El Alhama fiterano aún tiene resuello.

Al pasar por el puente del siglo XVII miro hacia el "barranco", donde, un día de la fiesta popular, hice el descubrimiento de esa incomparable golosina para mayores que es la empanada de Fitero. Siempre que siento hambre me acuerdo de ella.

Dejo Fitero en fiestas, con sol, con ropas estrenadas y la gente yendo lentamente, parándose en todos los bares, hacia la comida, tardía, copiosa y familiar.

- Hasta el "barranco".

 

Copyright © 1997 / 2000 Julio González Garbayo