|
MAÑANA
DE FIESTAS EN FITERO
El
primer día de Fiestas casi
siempre luce el sol, la gente
estrena ropa, ha dormido poco y
suele ir a misa mayor.
Así
hoy en Fitero.
Desde
el nuevo Ayuntamiento, bien
montado en lo que fue cilla del
Monasterio, salimos tras la banda
y la bandera municipal, hacia la
inmensa iglesia gótica, en la que
embarcamos, ya lo dije otra vez,
rumbo a una larga historia.
Todo
lleno. Este viajero impenitente ya
contó un día cómo le entró en
el alma este templo cisterciese y
qué mal lo encontró de techos y
de adobos. Ahora está un poco
mejor, pero siempre se termina el
dinero del presupuesto antes del año
presupuestario. Los de Fitero lo
sufren como una obsesión. Hacen
bien tras tantos años de
abandono. Hasta el cura, en una
homilía cálida y breve – como
debe ser – entra en el tema.
-
Veo que se sonríe el señor
parlamentario.
Me
sonrío porque no veo al señor
Comisario de la cosa, en Bruselas,
informando del recio presupuesto
de Navarra, dando un duro, al
menos por ahora. Hay sitios mucho
más pobres con cosas mucho más
urgentes ya lo creo, y bien que lo
siento, yo que ando con ello hace
varios años.
Cantan
con brío desde el coro alto la Misa
de Perosi, que a mí me
emociona mucho porque la cantábamos
también en mi pueblo el primer día
de Fiestas, y luego hay flores,
incienso, lecturas de textos bellísimos,
silencio y plegarias, la estatua
de San Raimundo, el patrono, y la
Virgen de la Barda, con la barda
cortada para ella, pero sin
espinas, cosa que el diccionario
no entiende. Tiene la Virgen la
cara como enternecida y
adolescente, de tanto mimo y de
tanta devoción.
Subimos
por la calle en procesión, con un
cirio en la mano, que pronto se
apaga con el airecillo que viene
de Yerga. Las casas inmediatas al
Monasterio, y las casas de la
calle Mayor, menos antiguas y un
poco más altas, y las más
recientes, de ladrillo y varios
vuelos, están adornadas con
banderas españolas, recamados,
sobrecamas y otros vistosos paños
que es maravilla. Sale,
literalmente, la casa por la
ventana, que para eso es la
fiesta.
Toca
fuerte la banda y no podemos
hablar. Mejor así. Un médico que
fue del pueblo, retirado ya, va
delante de nosotros haciendo señas
a diestro y siniestro, a las
gentes que están en las aceras y
a las que están en las ventanas y
balcones. Todas le devuelven cariñosamente
el saludo. Es el tercer santo de
la procesión.
Ojos
de sueño. Algunas personas
sueltas, en los bares y en los
veladores. Algunos perdidos todavía
en las mareas largas de la
amanecida.
En
la sacristía monacal todos nos
sentimos pequeños e importantes a
la vez.
Vamos
al Ayuntamiento a tomar el
aperitivo. No es cosa de olvidar
que el vino local tuvo este año
un tercer premio muy valorado en
la competición de Olite.
-
El año que viene, a por el
primero.
-
A ver.
Las
gentes de Fitero, venidas de
muchas partes hasta este "fito"
o hito que antes dividía tres
viejos Reinos, son por eso mismo
hospitalarias y generosas como
pocas, tienen un alma
transfronteriza y, en lo que
de ellos depende, universal.
El alcalde hace, sin quererlo, de
padre abad laico, que no laicista,
y municipal, que no espeso. Su
anillo es la vara, y sus "freyres"
– hermanos, al fin y al cabo –
lo han elegido tres veces
seguidas.
-
No, a la comida no me quedo.
Está
el regadío más verde que nunca.
El Alhama fiterano aún tiene
resuello.
Al
pasar por el puente del siglo XVII
miro hacia el
"barranco", donde, un día
de la fiesta popular, hice el
descubrimiento de esa incomparable
golosina para mayores que es la
empanada de Fitero. Siempre que
siento hambre me acuerdo de ella.
Dejo
Fitero en fiestas, con sol, con
ropas estrenadas y la gente yendo
lentamente, parándose en todos
los bares, hacia la comida, tardía,
copiosa y familiar.
-
Hasta el "barranco".
|