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“—Traspórtenla con cuidado”,
rogó el Vizconde, solícito.
Y a su estancia la llevaron
dos empleados fornidos.
Inmóvil en un sillón,
daba ligeros quejidos.
“—¿Te duele mucho, querida?»,
dándole un beso, le dijo.
Y María, con los ojos,
de afirmación hizo un signo.
El viaje desde Madrid
era entonces penosísimo;
sobre todo, para enfermos
de algún cuidado o heridos.
Los caminos eran malos,
e incómodos, los vehículos,
aunque fuese una carroza,
tirada por jacos finos.
—«Más por qué a la cacería
del Marqués habían ido?”,
rumiaba el joven Vizconde,
desesperado y contrito.
¡Ah, de la Corte engañosa
los eternos compromisos!
Fueron, es cierto, a desgana,
por cumplir con el Valido
real, tan omnipotente
como fatuo y vengativo.
sigue
No ignoraban que ofrecía
su coto serios peligros
y que más de una tragedia
en él había ocurrido.
Pero, ¿cómo desairar
al temible favorito?...
Había que resignarse
y plegarse a sus caprichos.
Y ocurrió lo de otras veces:
ante un jabalí bravío,
una jaca que se espanta
y da un formidable brinco:
y una dama que se asusta
y pierde riendas y estribos.
Lo extraño es cómo María
no murió en el acto mismo,
al ser con fuerza arrojada
contra aquel suelo roquizo.
La recogieron sangrando,
mal herida y sin sentido;
y la atendieron dos médicos>
que tan sólo un traumatismo
violento diagnosticaron,
con desgarro de tejidos;
mas no una lesión interna,
que ofreciera un gran peligro.
Para acelerar su cura,
alguien señaló al marido
que las aguas de Fitero
eran medio indicadísimo.
Sigue
Y allí la llevó el Vizconde,
un día claro de estío.
Agradóles la mansión
y, principalmente, el sitio;
y pronto la joven dama
empezó a sentir alivio,
recobrando poco a poco
su salud, humor y bríos.
Cuando, al parecer, se hubo
del todo restablecido,
los esposos revivieron
de su boda el tierno idilio.
Se acabó la pesadilla
de aquel cuerpo dolorido,
y de las noches en vela,
entre quejas y suspiros.
Volverían a la Corte,
con redoblado optimismo,
a reanudar su vida de amor,
de dicha y de brillo.
Pero, ¡ay!, que, por desgracia,
estaba sin duda escrito
que la ventura no era
de aquella pareja el sino.
La víspera de su marcha,
la ¡oven ascender quiso
hasta la Peña del Baño,
que es un mirador magnifico.
sigue
Y hasta allí subió, en efecto,
del brazo de su marido,
aspirando el grato aroma
de romeros y tomillos,
Acercóse hasta los bordes
del enorme precipicio,
cuando sufrió de repente
un sincope violentísimo.
Por fortuna, sujetóla
Su esposo, al instante mismo,
Impidiendo que rodara
de bruces hasta el abismo.
Y luego la acosté en tierra,
dándole a aspirar tomillo,
a ver si, de esta manera,
recuperaba el sentido.
Pero no lo recobró;
y el Vizconde, azoradísimo,
descendió al Baño, llevando
en brazos el cuerpo tibio.
Al punto, la auscultó un médico,
quien sentenció: Ha fallecido.
Ante golpe tan tremendo,
el noble quedó aturdido,
y abrazándose al cadáver,
rompió a llorar como un niño.
Al otro día, en la iglesia
de Fitero, se le hizo
un solemne funeral,
de la inhumación seguido.
sigue
Con ella, hasta el camposanto,
fueron todos los vecinos,
cubriendo su sepultura
de flores y de tomillos.
Y el inconsolable viudo,
con el corazón partido,
continuó en el Balneario,
hasta el final del estío.
Cada aurora, visitaba,
de luto total vestido,
el sepulcro de su amada,
siempre de flores provisto;
y cuando el sol apretaba,
dejaba el fúnebre sitio,
volviéndose al Balneario,
en su elegante vehículo.
Al fin, regresó a Madrid,
siempre enlutado y sombrío,
al comenzar en Fitero
los festejos septembrinos.
Mas de María el sepulcro
continuó siempre florido.
Sin duda, entonces las flores
se las llevaba un vecino.
Pero pronto se corrió
del Cortijo al Cogotillo,
que ninguno era el autor
de aquel obsequio continuo.
sigue
¿Quién, pues, era el que lo hacía?
¿Tal vez un desconocido,
por encargo del Vizconde...?
Mas ¿por qué tanto sigilo?
En vano, el enterrador
empeñóse en descubrirlo,
vigilando día y noche
el funerario recinto.
No lo logró; pero vio
cada alba, sorprendido,
el sepulcro de María,
de frescas flores vestido.
El pueblo estaba intrigado,
ante aquel hecho inaudito,
y al cementerio acudía,
curioso y sobrecogido.
Pero ¿quién podía ser el mismo
Vizconde de la Alborada,
Con disfraz de alado silfo?
¿No será él quien, al alba,
desciende como el rocío,
depositando en la tumba
claveles, rosas y lirios?
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Y así nació la leyenda,
Que aún narra algún vecino,
Del romántico Vizconde
De los “bouquets” matutino.
México, D. F., 29 de abril de 1963.
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