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 Manuel García Sesma.  

 

Nació en Fitero, el 10 de enero de 1902, en la casa número 10, ya desaparecida, de la calle Lejalde. Fueron mis padres Elías García Gómara y Juliana Sesma Aguirrebeitia. Fue Botones del Balneario en el verano de 1911, siendo administrador don Alberto Pelairea. tenía gran afición al estudio, pero sus padres carecían de recursos para costearle una carrera. Entonces, previo examen, obtuvo una beca, para seguir la de sacerdote, en el Seminario Conciliar de Tudela. Obtuvo en todos los cursos y en todas las asignaturas, la calificación de meritissimus (sobresaliente) y premio extraordinario (Laureatus o Accesit). Sintió algún tiempo vocación de sacerdote, pero, por una parte, sus lecturas particulares: bíblicas, patrísticas, históricas, etc., y, por otra, la efervescencia liberal de Tudela, en la época mendezviguista, así como la agitación obrera en las principales ciudades de España, empezaron a formarle una conciencia progresista, cada vez más alejada de la mentalidad predominante entre el clero navarro; por lo que, antes de ordenarse, abandono el Seminario. Fue profesor en Tarazona, después de su servicio militar se marcho a vivir a Madrid. Su paso por la guerra Civil lo hizo en el ejercito republicano, terminada la guerra fue exiliado a Francia. Tras un periodo en México regreso a España.

 
 

García Sema. Monte castillo

 
  García Sema de joven
Escritos

  Un bañista llamado Bécquer La tartana del boticario La infancia de Palafox El Vizconde de la Alborada La infanta del Balneario
  El bañillo Alberto Pelairea La Peña del Baño La Peña del Saco Carnet  de un bañista
  Las completas Della Chiesa        
           

 

 

 

 

 

 

        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: Un bañista llamado Becquer

 

A los Baños ha llegado,
procedente de Madrid,
un joven Llamado Bécquer,
de delicado perfil.

Sus ojos son soñadores
y su cabello, ondulada.
Luce una fina perla
y un bigotillo delgado.

Y aunque apenas ha cumplido
veinticinco primaveras,
parece un doncel formal,
de distinguidas maneras.

Tal vez su salud precaria
contribuya a ello, en parte;
mas su suave palidez
lo hace más interesante.

Rosita, la camarera
a quien le ha tocado en suerte,
se desvive por servir
a Gustavo Adolfo Bécquer.

Señorito, por aquí;
señorito, por allá.
- “¿Desea algo el señorito.....?”,
va a su cuarto a preguntar.
 

Sigue

 

 

 


Pero el señorito Bécquer
es un poco distraído;
y además no sabe Rosa
que ya está comprometido.

Allá, cerca del Moncayo,
en el pueblo de Veruela,
ha conocido a otra joven
que lo trae de cabeza.

Y por otra parte, aquí,
la señorita Isabel,
que es una hermosa morena,
también se ha fijado en él.

Mas Gustavo es algo tímido
y tiene por el momento
otras preocupaciones,
ajenas a los flirteos.

El paisaje del Alhama
y de Fitero el prestigio
acicateando están
su seguro instinto artístico;

Y arriba el presentimiento
de que han de proporcionarle
motivos, para escribir
leyendas interesantes.

Sigue

 



Cada tarde cruza el río,
frente a la Peña del Saco,
para sorprender secretos
de aquellos sitios de encanto;

Sobre todo, de las ruinas
del viejo castillo moro,
de las escarpas de Roscas
y del bocaje del Soto.

Hasta que encuentra la entrada
de la Cueva de la Mora
y le cuenta un campesino
su cautivadora historia;

La historia del amor y muerte
de una mora y un cristiano,
que, en el fondo de la cueva,
expiraron abrazados.

Entonces baja a Fitero
a visitar su abadía,
cuyos restos son testigos
de su esplendor de otros días.

Recorre sus grandes claustros,
admira su antiguo templo
y se pierde en el enorme
refectorio del convento.


Sigue

 


Por fin, en la biblioteca,
haya unos viejos papeles
musicales, que le inspiran
su famoso Miserere.

Y ya con todas sus notas,
Bécquer se pone al trabajo,
que interrumpe, a veces, Rosa,
con sus llamadas al cuarto.

Por cierto que Rosa es linda:
más luce mucho mejor
la señorita Isabel,
que ya llamó su atención.

Con su tipo de sultana,
toda ataviada de blanco,
con sus grandes ojos negros
y grandes pendientes de aro,

¿no es la mora legendaria
de la cueva del Alhama,
que sale todas las noches,
con su jarra, a coger agua?

Así Gustavo la ve
y así se lo dice a ella,
con miradas que acarician
y palabras que embelesan.

Sigue

 

 



Y al punto sueña Isabel
con un poético amor,
como el que cree que el joven
abriga en su corazón.

Pero la ilusión es breve,
pues la novena termina
y a Madrid debe volver
el poeta y periodista.

Al pie de la diligencia,
las dos bellas fiteranas
despiden al joven Bécquer,
con emoción soterrada.

¿Les deja un beso, una rima...?
Eso es un secreto; mas
sus leyendas de Fitero
el mundo recorrerán.

México D. F., 15 de mayo de 1963.
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: La Tartana del Boticario

 

Aunque lloviera o nevara,
cayesen chuzos o rayos,
no dejaba su paseo
don Fernando el Boticario.

Entonces ya estaba ciego;
mas conservaba la estampa
arrogante de un hidalgo
de los tiempos de los Austrias.

Su barba y bigote canos,
sus ojos introvertidos
y su faz serena y noble
irradiaban señorío.

Manipulando los ácidos,
las sales y bases químicas,
había ido perdiendo
poquito a poco la vista.

Más ciego ya, continuó
al frente de su farmacia,
sirviendo siempre a los suyos
de sostén y no de carga.

Sus paseos vespertinos
los hacía en compañía
de su inseparable esposa
y guía, doña Joaquina;
 

Sigue

 

 


La cual era una señora
frondosa y de buen carácter,
de esas que incapaces son
de amargar la vida a nadie.

Tenían una tartana
de color anaranjado,
que arrastraba suavemente
un caballo noble y manso;

Llevando siempre sujetas
las riendas doña Joaquina,
a la que, como un esclavo,
el caballo obedecía.

Su trayecto era invariable,
como el trote de la bestia:
de su casa al Baño Nuevo;
y al regreso, viceversa.

En el tiempo, pasaban
el rato con Pelairea;
y en el bueno paseaban
por el jardín o las Ventas.

Todos los que frecuentaban
la carretera del Baño,
conocían la tartana
popular del Boticario;

sigue

 

 



Y todos, al tropezársela,
sentían cierta emoción
ante la vieja pareja,
por su desgracia y su unión.

Una tarde, un automóvil
la alcanzó en la travesía:
el único, por entonces,
que rodaba en nuestra villa;

Y su dueño, don Gervasio,
deteniéndose un momento,
-¡Buenas!, les dijo. ¿A los Baños..?
Bien, bien: allá nos veremos.

Y acelerando la marcha,
con un gesto vanidoso,
dejó atrás a la tartana,
entre una nube de polvo.

Más sin llegar al Yesal,
el raudo Ford se paró,
y entretanto, la tartana,
con su trote, lo alcanzó.

Doña Joaquina detuvo
asimismo su caballo
y preguntó a don Gervasio:
-¿Qué es lo que le ha pasado...?

sigue

 



- No es nada, repuso él,
visiblemente molesto.

Sigan a los Baños; sigan.
- Bien, bien, allá nos veremos...

.............

Hace ya bastantes lustros
que la senectud traspuesta,
Don Fernando y su señora
abandonaron la tierra.

Mas no falta quien afirme
- sin duda, algún visionario-
que, a veces, aún su tartana
se ve, camino del Baño.

México D. F., 25 de Mayo de 1964
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: la Infancia del Benerable Palafox

 

En el año mil seiscientos,
hacia finales de mayo,
una dama principal
descendió en el Balneario.
Venía de Zaragoza,
capital del Principado
de Aragón, y aparentaba
tener unos treinta años.
Traía su coche propio,
con un tronco de caballos,
que conducía un cochero
maduro, mas bien plantado;
y como ángel de la guarda,
a su dueña, fiel retrato
de esas prójimas taimadas,
que saben latín y sánscrito...
Ocuparon las señoras
el cuarto más apartado
de los de primera clase;
y el cochero, el aledaño.
La joven dama era hermosa;
pero mostraba un cansancio
anormal, como el debido
a un embarazo avanzado.
Mas su amplia y larga falda
impedía comprobarlo.
Por otra parte, no quiso
ver al doctor de los Baños,
pretextando que venía
tan sólo en plan de descanso.

sigue

 

 


En cambio. su oronda dueña,
cuyo aspecto era bien sano,
se bañaba cada día,
para adelgazar sus flancos.
¿Qué misterio se traían
aquellas mañas y el maño. . .?
¿No era un poco sospechoso
su comportamiento extraño. . .?
No saludaban a nadie,
comían siempre en su cuarto,
y tan solo de paseo,
salían de vez en cuando.
Un anochecer de junio,
un buen viejo fiterano,
que se retiraba a casa,
terminado su trabajo,
por las orillas del río,
sintió de pronto otros pasos.
Eran los de una mujer,
con una cesta en un brazo,
deslizándose furtiva
entre un matorral cercano.
¿Quién sería aquella prójima. . .?
De curiosidad picado,
le salió al punto al encuentro,
por parecerle algo extraño.
Y se topó con la dueña
de la dama de los Baños,
quien, al verse descubierta,
se explayó con el anciano.

sigue

 


Llevaba en la cesta a un niño,
que al mundo había llegado,
hacía solo dos días,
en el viejo Balneario.
Por supuesto, no era suyo,
sino ilegítimo vástago
de un poderoso aristócrata
y de una mujer de rango;
y para evitar de ésta
la deshonra, y el escándalo,
a las aguas del Alhama
iba dispuesta a tirarlo.
A eso habían venido
precisamente a los Baños,
ya que Fitero está lejos
del valle zaragozano.
Ante tal revelación,
se quedó el viejo pasmado.
Murmuró algunas palabras
de reprobación del acto
y, por algunos instantes,
permaneció cabizbajo.
¿Qué hacer en tal compromiso. . .?
¿Cómo salir de aquel paso...?
Imposible denunciar
tan feo desaguisado
ni permitir, aún menos,
del niño el asesinato.
"Me lo quedo, resolvió,
tomando la cesta en manos.

sigue

 

 


Y diga usted a su ama
que ya ha cumplido su encargo”.
El viejo era Juan Francés,
un molinero casado,
mas sin hijos, y tan pobre
como honrado y buen cristiano.
Se llevó, pues, al infante,
y después de presentárselo
a su cónyuge, Casilda,
decidieron adoptarlo.
Por supuesto, procedieron
sin tardanza a bautizarlo
y a inscribirlo en el Registro,
como requería el caso.
Una nodriza del pueblo
se encargó de amamantarlo,
y con la humilde familia,
Juanito se fue criando.
Cuando el niño ya creció,
empezó a sacar al campo
a pastar unas ovejas,
que tenían los ancianos;
y al mismo tiempo aprendía,
pues era muy despejado,
los rudimentos de letras,
entonces acostumbrados.
Hasta que, al fin, un buen día,
cumplidos ya los diez años,
como en los cuentos de hadas,
fue trasladado a un palacio.

sigue

 


Reconociólo su padre
y, con esmero educado,
el antiguo zagalillo
se convirtió en cortesano.
En las Cortes de Monzón
brilló como diputado;
y en Madrid, poco después,
cual Consejero de Estado,
pues fue de Guerra y de Indias
Fiscal, con Felipe Cuarto,
destacando en ambos puestos
por su rectitud y tacto.
Conoció todos los triunfos
y los placeres mundanos,
ya que era igual su prestancia
de cuerpo como de ánimo.
Pero les volvió la espalda,
a los veintinueve años,
renunciando al matrimonio
e ingresando en el santuario.
Sin embargo, no por eso
los honores lo dejaron
y en Nueva España ejerció
los más elevados cargos:
Fue Capitán General,
Visitador y Prelado,
Presidente de la Audiencia
y Virrey décimo octavo.
Descolló como escritor,
estadista, obispo y santo:
fue lumbrera de su siglo
y gloria del mundo hispano.

sigue

 

 


.....................................................
No obstante, hoy, en España,
está del todo olvidado.
¡Tantos varones insignes
nuestra vieja Patria ha dado...!
Pero México, que es joven,
a Palafox no ha olvidado,
y allí fulgura su nombre,
como un histórico faro.

Morelia, 27 de mayo de 1953


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: El Vizconde de la alborada

 

“—Traspórtenla con cuidado”,
rogó el Vizconde, solícito.
Y a su estancia la llevaron
dos empleados fornidos.
Inmóvil en un sillón,
daba ligeros quejidos.
“—¿Te duele mucho, querida?»,
dándole un beso, le dijo.
Y María, con los ojos,
de afirmación hizo un signo.
El viaje desde Madrid
era entonces penosísimo;
sobre todo, para enfermos
de algún cuidado o heridos.
Los caminos eran malos,
e incómodos, los vehículos,
aunque fuese una carroza,
tirada por jacos finos.
—«Más por qué a la cacería
del Marqués habían ido?”,
rumiaba el joven Vizconde,
desesperado y contrito.
¡Ah, de la Corte engañosa
los eternos compromisos!
Fueron, es cierto, a desgana,
por cumplir con el Valido
real, tan omnipotente
como fatuo y vengativo.

sigue

 

 

 


No ignoraban que ofrecía
su coto serios peligros
y que más de una tragedia
en él había ocurrido.
Pero, ¿cómo desairar
al temible favorito?...
Había que resignarse
y plegarse a sus caprichos.
Y ocurrió lo de otras veces:
ante un jabalí bravío,
una jaca que se espanta
y da un formidable brinco:
y una dama que se asusta
y pierde riendas y estribos.
Lo extraño es cómo María
no murió en el acto mismo,
al ser con fuerza arrojada
contra aquel suelo roquizo.
La recogieron sangrando,
mal herida y sin sentido;
y la atendieron dos médicos>
que tan sólo un traumatismo
violento diagnosticaron,
con desgarro de tejidos;
mas no una lesión interna,
que ofreciera un gran peligro.
Para acelerar su cura,
alguien señaló al marido
que las aguas de Fitero
eran medio indicadísimo.

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Y allí la llevó el Vizconde,
un día claro de estío.
Agradóles la mansión
y, principalmente, el sitio;
y pronto la joven dama
empezó a sentir alivio,
recobrando poco a poco
su salud, humor y bríos.
Cuando, al parecer, se hubo
del todo restablecido,
los esposos revivieron
de su boda el tierno idilio.
Se acabó la pesadilla
de aquel cuerpo dolorido,
y de las noches en vela,
entre quejas y suspiros.
Volverían a la Corte,
con redoblado optimismo,
a reanudar su vida de amor,
de dicha y de brillo.
Pero, ¡ay!, que, por desgracia,
estaba sin duda escrito
que la ventura no era
de aquella pareja el sino.
La víspera de su marcha,
la ¡oven ascender quiso
hasta la Peña del Baño,
que es un mirador magnifico.

sigue

 

 


Y hasta allí subió, en efecto,
del brazo de su marido,
aspirando el grato aroma
de romeros y tomillos,
Acercóse hasta los bordes
del enorme precipicio,
cuando sufrió de repente
un sincope violentísimo.
Por fortuna, sujetóla
Su esposo, al instante mismo,
Impidiendo que rodara
de bruces hasta el abismo.
Y luego la acosté en tierra,
dándole a aspirar tomillo,
a ver si, de esta manera,
recuperaba el sentido.
Pero no lo recobró;
y el Vizconde, azoradísimo,
descendió al Baño, llevando
en brazos el cuerpo tibio.
Al punto, la auscultó un médico,
quien sentenció: Ha fallecido.
Ante golpe tan tremendo,
el noble quedó aturdido,
y abrazándose al cadáver,
rompió a llorar como un niño.
Al otro día, en la iglesia
de Fitero, se le hizo
un solemne funeral,
de la inhumación seguido.

sigue

 

 


Con ella, hasta el camposanto,
fueron todos los vecinos,
cubriendo su sepultura
de flores y de tomillos.
Y el inconsolable viudo,
con el corazón partido,
continuó en el Balneario,
hasta el final del estío.
Cada aurora, visitaba,
de luto total vestido,
el sepulcro de su amada,
siempre de flores provisto;
y cuando el sol apretaba,
dejaba el fúnebre sitio,
volviéndose al Balneario,
en su elegante vehículo.
Al fin, regresó a Madrid,
siempre enlutado y sombrío,
al comenzar en Fitero
los festejos septembrinos.
Mas de María el sepulcro
continuó siempre florido.
Sin duda, entonces las flores
se las llevaba un vecino.
Pero pronto se corrió
del Cortijo al Cogotillo,
que ninguno era el autor
de aquel obsequio continuo.

sigue

 

 

 


¿Quién, pues, era el que lo hacía?
¿Tal vez un desconocido,
por encargo del Vizconde...?
Mas ¿por qué tanto sigilo?
En vano, el enterrador
empeñóse en descubrirlo,
vigilando día y noche
el funerario recinto.
No lo logró; pero vio
cada alba, sorprendido,
el sepulcro de María,
de frescas flores vestido.
El pueblo estaba intrigado,
ante aquel hecho inaudito,
y al cementerio acudía,
curioso y sobrecogido.
Pero ¿quién podía ser el mismo
Vizconde de la Alborada,
Con disfraz de alado silfo?
¿No será él quien, al alba,
desciende como el rocío,
depositando en la tumba
claveles, rosas y lirios?
.................................
Y así nació la leyenda,
Que aún narra algún vecino,
Del romántico Vizconde
De los “bouquets” matutino.

México, D. F., 29 de abril de 1963.
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: La infanta del Balneario

 

 

Han pasado muchos años, y, sin embargo, aún conservo
fija y clara en mi memoria, la figura adorable
de aquella muñeca de oro, con perfil de camafeo,
como la Infanta del cuadro Las Meninas de Velázquez.

Ella también era rubia, fina y tierna, cual la Infanta,
vivía en los inviernos, en un gran palacio blanco,
que acarician los suspiros insinuantes del Alhama
y sostiene enorme roca, en su pétreo regazo.

Con ella rnoré algún tiempo y, aún como entonces, la veo
cortar con sus finos dedos, las brumas de la mañana,
por los bordes escargados de un hondo despeñadero,
cabe la cinta argentada de una humeante cascada.

La veo entre los macizos verdosos de balsamina,
sentada junto a la taza del surtidor del jardín,
jugar con los pececitos de escamas de purpurina,
o del sol con los reflejos en la línea del zenit.

La veo hacia el mediodía, ornando con su belleza
la magnífica terraza del rocoso Mirador,
suspendido en el espacio, lo mismo que una diadema,
sobre el alma del paisaje de aquel hermoso rincón.

La veo en las tardes tibias, paseando por el Parque,
con un libro de Dario, entre sus manos pulidas,
soñando con el desfile del rebaño de elefantes
y el palacio de diamantes de su cuento "A Margarita".

sigue

 



La veo, al ponerse el sol, cruzar los largos pasillos,
silentes Y penumbrosos, del Balneario desierto,
igual que el alma sonámbula de la Reina de un castillo,
levantado en un peñasco por un Rey del Medio Evo.

La veo en las noches frías, extasiada junto al plano,
al que arrancaba un poeta, las notas de "La Bohème",
liberar con un suspiro, su corazón enjaulado
echarlo a volar alegre, entre los copos de nieve.

La veo, en fin, noche y día, embelleciendo la estampa
imponente, hermosa Y brava de aquel sitio encantador,
con la luz y el movimiento de su figura de hada,
cual las ninfas que decoran los paisajes de Corot.

Muchos años han pasado desde aquellos días bellos;
y aun cuando el tiempo implacable borra todos los retratos,
fija y clara en mi memoria, todavía la conservo
la imagen de Mariíta, la Infanta del Balneario.

México D. F., 6 de febrero de 1953.
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: El Banillo

 

Entre las viejas costumbres,
relegadas al olvido,
figura la romería
que llamaban del Bañillo.

Se celebraba el primer
día de las Rogativas,
concurriendo a ella el clero
y el Concejo de la Villa.

Por supuesto, acompañábanlos
gran cantidad de vecinos,
predominando entre ellos,
como es natural, los chicos.

El clero invocando iba
devotamente a los santos
y con el Ora pro nobis,
respondía el vecindario.

Cuando hasta la Mejorada
llegaba la comitiva,
la bendición a los campos
daba el clero y se volvía.

Pero las autoridades
y buena parte del público
hasta el Balneario Viejo
subían, llenos de júbilo.
 

Sigue

 

 


El Baño daba un banquete
a los miembros del Concejo;
y a los demás concurrentes,
un panecillo y un huevo.

Mas un año presentóse
una multitud tan grande,
que no hubo para todos
bastantes huevos ni panes.

Primero, pues, repartieron
sólo a la gente mayor
la colación consagrada
por la vieja tradición.

Pero los chicos, que estaban
haciendo cola, felices,
únicamente les dieron
con la puerta en las narices.

Se alborotaron al punto,
y en coro, ante el edificio,
comenzaron a clamar:
-“¡Queremos nuestro bañillo!”

Entonces salió un pocero
A un balcón y les gritó:
- “¿Queréis el bañillo...? - ¡Síiii!
- Pues ahora mismo os lo doy”.


sigue

 

 

Y enderezando hacia ellos
un chorro de agua caliente,
les propinó en un instante
su baño correspondiente.

Tras de broma tan cruel,
los muchachos de la Villa
ya no volvieron al Baño,
el lunes de Rogativas.

Y el alcalde y los ediles,
por no pasar por gorrones,
al tradicional banquete
renunciaron desde entonces.

Y así acabó tal costumbre,
de manera un tanto chusca,
por haberse convertido
el bañillo en una ducha....

México D. F. , 25 de enero de 1968
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: Alberto Pelairea

 

Unos ojos penetrantes;
a flor de labio, el ingenio;
un corazón bondadoso;
y ... he aquí su boceto.

Era de esas personas
de natural simpatía,
en cuya grata presencia
hasta las penas se olvidan.

De seguro que no tuvo
jamás enemigo alguno,
pues se mostraba cordial
y afable con todo el mundo;

y además dispuesto a dar
siempre su tiempo y dinero,
para aliviar a los pobres,
a los ancianos y enfermos.

En el Balneario Nuevo,
que administró muchos años,
era para los bañistas
un médico de sus ánimos;

Pues para todos tenía
una ocurrencia jovial,
ya fuesen monjas, toreros
o damas de sociedad.
 

sigue

 

 


Sabía jugar a todo:
a la pelota, a las damas,
al dominó, al ajedrez,
al billar y a la baraja;

Y era capaz de alegrar
la mas seria reunión,
con sus chistes y sus cuentos
y sus juegos de ilusión.

Descollaba como vate
de inspiración natural,
derrochando las metáforas
de más colorido y sal;

Y obtuvo más de un laurel,
en certámenes poéticos,
aunque nunca editó un libro,
con sus innúmeros versos.

Incluso para el teatro
escribió no pocas piezas,
cuyo escenario ordinario
eran Fitero o Tudela;

Y nunca cobraba nada
por las representaciones,
destinadas aliviar
escaseces o dolores.
 

sigue

 

 


Aficionado a la música,
tocaba con maestría
el acordeón y el piano,
la guitarra y la ocarina;

Y ejecutaba a menudo
fragmentos de “La Bohème”,
por afinidad de espíritu
con Marcel y con Mussette.

De niño y joven, viví
junto a él, varios inviernos,
contagiándome su gusto
por la música y los versos;

Y todavía recuerdo
aquellas gratas veladas
con su pimpante señora
y sobrina tudelanas.

La nieve caía lenta
sobre la Peña del Saco,
mientras él nos deleitaba,
con un nocturno en el piano;

O bien, sentados en torno
de la mesa de camilla,
nos leía con unción
una bella poesía.

sigue

 



No nació en Fitero; mas
amó y cantó a nuestro pueblo
y al morir, descansar quiso
en su humilde cementerio.

Lector que estas líneas lees:
si es que su tumba visitas,
no te olvides de dejar
sobre ella unas florecitas.

México D. F., 20 de mayo de 1963
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: La Peña del Baño

 


Centinela ciclópeo del Balneario Nuevo,
al que un gran cataclismo, mayor que el de Pompeya,
sorprendió como al límite cesáreo, en su puesto,
convirtiéndote en guardia perpetuo de sus Termas:

Hacha paleolítica que usaron los titanes,
Que, en los primeros tiempos de la infancia del hombre,
el macizo alhameño partiendo en mitades,
formando una cañada rica en frutos y en flores:

Antena poderosa de la Naturaleza,
que recoges los ecos de los lejanos cielos
y las palpitaciones profundas de la Tierra
y las ondas cordiales del pueblo de Fitero:

Majestuoso hito que marcas las fronteras
de Aragón, de Navarra y de la Baja Rioja,
disputadas por siglos en innúmeras guerras,
en que, con la cristiana, corrió la sangre mora:

Esfinge monolítica del valle del Alhama,
que guardas el secreto de las revoluciones,
que sufrieron las tierras de nuestra amada Patria,
cuando no las hollaban aún los antropoides:

Coloso milenario de complexión de piedra,
que, cuando el sol se pone y, al fin, te rinde el sueño,
reposas tu cabeza pesada en las estrellas,
al arrullo del agua termal del Baño Nuevo:

 

 

 



A tu sombra benéfica yo jugué, siendo niño,
confiando en tu fuerza de titán paternal,
y hoy, tu vida y la mía comparando, medito,
de la existencia humana, en la fugacidad.

México D. F., 5 de junio de 1953


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: La Peña del Saco

 

A orillas del río Alhama,
frente al nuevo Balneario,
se alza una mole de piedra,
llamada Peña del Saco.
Parece una gran matrona,
envuelta en pétreo manto
y extasiada ante la Vega,
el río, Roscas y el Baño.
¿Por qué se le dio a este monte
ese nombre un tanto extraño...?
Hay diferentes leyendas
que pretenden explicarlo;
pero es la más intrigante
la que me contó un anciano.
Según esa referencia,
hace varios cientos de años,
un pastor hizo, en tal sitio,
el hallazgo más macabro.
Andaba por el paraje,
su rebaño apacentando,
cuando empezaron sus perros
a lanzar ladridos raucos.
En la ladera oriental,
ya muy cerca del picacho,
los vio que, a la vez, estaban
furiosamente escarbando.
Ascendió al lugar corriendo
y localizó en el acto
un gran hoyo, que dejaba
ver una punta de saco.

sigue

 

 


Estaba completamente
recubierto de guijarros,
y el pastor, con diligencia,
apresuróse a sacarlos.
Terminó y ¿qué es lo que vio..?
En efecto, un amplio saco,
ya putrefacto y deshecho,
lleno de restos humanos.
Ante tal descubrimiento,
el pastor tembló de espanto,
pues pensó que se trataba
de un horrible asesinato.
Cuando, al fin, se serenó,
hurgó en ellos con cuidado
y vio que eran de ambos sexos,
por el pelo de los cráneos.
Marchó al pueblo, refirió
a los vecinos su hallazgo
y todo el mundo convino
en la explicación del caso.
Era un crimen pasional,
tan oscuro como bárbaro.
¿No andan acaso, a menudo,
amor y muerte enredados...?
Mas, ¿quiénes serían las
víctimas del atentado..?
¿Y quién el fiero asesino
de aquellos dos desgraciados...?

Sigue

 

 


¿Obedeció a una venganza
de amante menospreciado
o a justicia primitiva
de algún marido burlado..?
Una cosa era segura,
y es que no eran fiteranos
ninguno de los dos seres
tan brutalmente inmolados;
puesto que, de haberlo sido,
Fitero habría notado
la desaparición súbita
bien de uno, bien de ambos.
Tampoco en los pueblos próximos:
Cervera, Igea o Cornago,
desaparecido habían
personas del vecindario.
¿No serían, pues, bañistas,
de otras regiones llegados,
para sus turbios amores,
un escondite buscando...?
 
¡Quién sabe! Bien pudo ser,
pues, hacía luengos años,
que era el Balneario Viejo
refugio de enamorados.
Sea de ello lo que fuere,
desde entonces, por tal caso,
a este monte de Fitero
llaman la Peña del Saco.
 
México D.F., 10 de abril de 1963
 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: Carnet de un bañista

 

Balneario Nuevo de Fitero, agosto de 1930.

 

Primer día. En el restaurante.

 

Empiezo con suerte. Hoy, mientras comía,

igual que un relámpago en la obscuridad,

cegaron mis ojos las verdes pupilas

de una bella joven, en el restaurant.

 

Segundo día. En el jardín.

 

Después de la siesta, he vuelto a encontrarla,

sentado en un banco del verde jardín.

Mas no me ha mirado. Y en verdad que es guapa.

Semeja a una virgen de fino marfil.

 

 

 

 

 

Tercer día. En el Salón de recreo.

 

Hoy la he sorprendido, tocando en el piano,

del clásico Schubert un bonito lied.

Le aplaudí y me dijo: “Sois músico acaso...?

- ¡Oh!, no; pero admiro a las Clara Wieck” [1]

 

Cuarto día. Junto al estanque.

 

Mientras contemplaba conmigo el estanque,

envuelto en la bruma de un tenue vapor,

“ - ¡Qué lástima!, díjele, con voz insinuante,

que así tenga el fondo nuestro corazón...”

 

 

 

 

 

Quinto día. Domingo. En la capilla.

 

En la misa de once, la he visto rezando,

con las apariencias de una gran piedad.

¿Es cierto que piden apoyo a los santos

todas las mujeres, para hacerse amar...?

 

Sexto día. En las Ventas.

 

-“¿Me acompañaría, me dijo esta tarde,

a dar un paseo hasta la Albotea...?

- Y hasta el fin del mundo, respondí galante,

con usted iría, si me lo pidiera”.

 

 

 

 

 

 

Séptimo día. En el Mirador.

 

Hoy me he declarado. No pude impedirlo.

Lucía tan bella como el sol poniente.

Estábamos solos sobre el precipicio

y sobre mis hombros reclinó su frente.

 

Octavo día. En la Vega.

 

Cabe el río Alhama y entre los nogales,

sentado a su vera, en la soledad,

de Pablo y Virginia reviví esta tarde

el clásico idilio, feliz e inmortal. ([2])

 

 

 

 

 

 

 

Noveno día. En la boca de la Cueva de la Mora.

 

-“¿Irás a olvidarme...?, me ha dicho muy quedo.

¿La leyenda ignoras de este sitio hermoso...? ([3])

Yo te amaré siempre, como el caballero

a la bella hija del Alcaide moro.

 

México D. F., 19 de junio de 1953.


 

[1] Famosa pianista alemana del siglo XIX, más conocida por Clara Schumann (1819-1896), por haberse casado con el célebre compositor, Roberto Schumann.

[2] Paul y Virginia es una célebre novela francesa de Bernardin de Saint-Pierre, aparecida en 1787, y cuyo argumento constituye uno de los idilios más encantadores de la literatura universal.

[3] La leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, titulada La Cueva de la Mora.

 


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        MANUEL GARCÍA SESMA

Titulo: La completas Monseñor de Della Chisa

 

Atardecer. Mes de agosto. Baños Nuevos de Fitero.
El Pasillo del Obispo está en silencio y desierto.

En la penumbra discreta de este remanso de paz,
se siente el recogimiento de un corredor conventual.

Solo las baldosas rojas juguetean con la luz,
que se filtra de puntillas, con sus zapatos de azur.

Casi todos los bañistas terminada ya su siesta,
discurren por el jardín, por el monte o por las Ventas,

Mientras que el carro del sol vuela raudo hacia el ocaso,
sorteando de las sierras los innúmeros picachos.

Tan sólo queda en su cámara del Pasillo del Obispo,
un personaje extranjero, joven, fino y distinguido.

Es un clérigo aristócrata cuyas pupilas serenas
reflejan las claridades de las costas genovesas.

Un día, será el Supremo Jefe de la Cristiandad;
pero hoy sólo es secretario del nuncio pontifical.

La figura aventajada de monseñor Della Chiesa
recuerda a los cardenales de la bella Rinascenza.

Su silueta estilizada se proyecta en los espejos,
mientras reza las Completas, con el balcón entreabierto;
 

sigue

 

 


Y parece que quisiera fija en ellos quedar siempre,
imantada por la calma de sus reflejos fulgentes.
 

Su alma dulce y religiosa tiene sed de soledad,
porque sólo en ella se hallan Dios y la felicidad.

Pero no le será dado gozar, a menudo de ella,
Porque a impedírselo va su magnífica carrera.

Pronto a Italia volverá, con el Cardenal Rampolla,
a ocupar los altos cargos que merece y no ambiciona:

Secretario de la Cifra, Relator del Santo Oficio,
arzobispo de Bolonia y, en fin, Vicario de Cristo.

¡Cuántas preocupaciones han de darle en adelante
sus quehaceres en la Curia y sus cargas pastorales!

Y cuántos días de angustia vivirá en el Vaticano,
cuando truenen los cañones en Verún y en el Mar Báltico!

Entonces evocará, más de una vez, con afecto,
Las suaves horas de asueto, en los Baños de Fitero:

Estas horas apacibles en que reza las Completas,
Del Pasillo del Obispo, en la soledad poética.

Uruapan, 5 de abril de 1953

 

 


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